Aprender a gestionar ‘La Ira’

Los seres humanos somos la única especie que cuando nacemos somos totalmente dependientes de los adultos. Sin los adultos no podríamos sobrevivir y, es por eso, que tener una figura a nuestro lado que nos quiera, nos de afecto y nos proporcione todo lo que necesitamos desde el amor, nos ayudará a crecer como personas con seguridad, buena autoestima…

Muchas de las experiencias que tengamos en la infancia pueden condicionar nuestra vida adulta y es por eso que consideramos importante trabajar todos aquellos aspectos que nos pueden ayudar para movernos de una manera más segura y eficaz en la etapa adulta, siendo inteligentemente emocionales. Cómo podemos suponer, para que se desarrollen personas seguras y con habilidades emocionales, la familia tiene mucho que ver.


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La regulación emocional es la capacidad para gestionar las emociones propias y de los demás de forma apropiada. La regulación emocional es una buena estrategia para hacer frente a las situaciones críticas y de conflicto, como por ejemplo sucede con la rabia.

Aunque buscar una manera de silenciar o borrar la ira de nuestros/as hijos/as puede parecer tentador para los padres, ésta no es la solución. La iraes una emoción normal y saludable. Aunque no sea especialmente agradable, es la forma en que nuestro cuerpo nos pone en alerta ante los problemas. La ira nos estimula, dándonos la energía que necesitamos pero no siempre sabemos cómo gestionarla de una manera adaptativa.

Los niños/as tienden a experimentar la ira como algo que les pasa, por lo tanto uno de los objetivos de la regulación emocional seria cambiar esta respuesta pasiva ante la ira, enseñándoles una nueva manera de pensar sobre esta emoción y proporcionarles herramientas que puedan utilizar para rebajar la intensidad de la emoción y responder de un modo más apropiado cuando algo no sale como ellos quieren.

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Como padres/madres tenemos que tener paciencia ya que se necesita tiempo y práctica para aprender a gestionar la ira de una manera más adaptativa. Primero debemos ser nosotros los que aprendamos estas técnicas para enseñar después desde la calma en nuestro día a día, ya que los adultos somos sus principales modelos de referencia.

Enseñar esta habilidad es muy importante ya que según algunos estudios, los niños/as que muestran un adecuado autocontrol suelen ser más apreciados entre sus iguales, tienen más éxito académico y vivir con ellos resulta más fácil, por no hablar simplemente de su propia felicidad. Y en consecuencia los padres/madres también seremos más felices.

Por lo tanto, os proponemos diferentes maneras para aprender a gestionar la ira:

Hacer un descanso Una de las maneras de salir del camino de la ira es tomarnos un descanso. Tomarse un descanso significa alejarse del lugar donde está la ira. Significa alejarnos para que podamos calmarnos y pensar con más claridad. Es algo que resulta muy útil, pero también es difícil de hacer. Hay diferentes maneras de hacer un descanso: hacer deporte, leer un libro, ir a dar una vuelta, cocinar… Buscar pensamientos “fríos” Cuando estamos enfadados, los primeros pensamientos que tenemos suelen ser pensamientos “calientes”. Esto es algo automático en la mayoría de las personas. Nos ponemos furiosos y empezamos a pensar y a decirnos a nosotros mismos lo furiosos que estamos. Cómo os podéis imaginar, estos pensamientos calientes hacen que la ira siga y se alimenta. Por lo tanto, una alternativa es buscar pensamientos “fríos”. Los pensamientos fríos son cosas que nos llamamos a nosotros mismos para sentirnos mejor. Los pensamientos fríos no nos dicen que podemos hacer pero nos ayudan a calmarnos. La clave de estos pensamientos es que echan agua sobre los pensamientos calientes, reduciendo así la temperatura. Algunos ejemplos de pensamientos fríos serien: Puedo hacer frente a esto, enfadarme tanto no me ayuda a solucionar esto, no es lo que quería pero puedo aguantarlo, no vale la pena enfadarse tanto…etc. Los pensamientos fríos funcionan cuando los pensamos nosotros mismos, pero cuando alguien nos dice un pensamiento frío no acostumbra a ayudar mucho… De hecho cuando más veces nos repetimos el pensamiento frío más real será. Liberar la ira con seguridad Si no hemos conseguido calmar esta ira inicial, esta pasa rápidamente de ser algo que pensamos a ser algo que todo el cuerpo siente. Tener esta energía atrapada dentro nuestro es bastante desagradable. Algunas personas liberan esta ira sin gestionar la emoción, diciendo palabras agresivas o haciendo daño. Las personas que intentan liberar la ira de este modo siguen sintiendo una sensación desagradable. Esto sucede porque este tipo de acciones en realidad no liberan la ira y además nos pueden poner en nuevos problemas. Algunos autores recomiendan formas seguras de liberar la ira, como dar puñetazos a una almohada o chillar en silencio. Si habéis probado estos métodos, probablemente habéis descubierto que tampoco funcionan mucho. Esto es porque son comportamientos de ira, así que mientras actuamos así nuestro cerebro sigue “rugiendo” y nuestro cuerpo sigue agitado por toda esta energía furiosa. Por lo tanto, necesitamos algo más que manifestar nuestra ira. Necesitamos liberarla de verdad, haciendo algo que se la lleve sin hacer daño a alguien ni a nada, algo que no nos ponga en problemas ni que nos haga sentir mal. Hay dos maneras para liberar la ira. Una es mover el cuerpo rápido, para quemar toda la energía de ira. Ejemplos: ir a correr, bailar, ir en bicicleta…etc. La otra consiste en calmar nuestro cuerpo para extinguir y gestionar la ira a través de diferentes ejercicios de relajación: respiraciones, estiramientos…etc. La práctica de la meditación o el Mindfulness también puede ser una buena herramienta de gestión.

Ocuparse de los problemas o seguir adelante. Un vez hayamos liberado la ira y pensamos con más claridad veremos que cuando hay un problema tenemos dos opciones. Podemos ocuparnos del problema o seguir adelante. Ocuparnos del problema significa hacerle frente y decidir hacer algo para que mejore la situación. El primer paso es decir en voz alta cual es el problema. Ejemplo: estás haciendo una cosa en el trabajo y no consigues solucionarlo. El paso siguiente es pensar qué es lo que queremos, aquí es donde las cosas empiezan a ponerse difíciles porque el que queremos y el que sea posible en la realidad a veces no es el mismo. Aquí es donde aparece la flexibilidad, ser flexible significa ser capaz de aceptar que algo sea un poco diferente de lo que queríamos. Sería pensar de manera creativa en vez de quedarnos bloqueados y estancados. Por lo tanto, siendo flexibles volveremos al problema e intentaremos pensar en muchas soluciones posibles (lluvia de ideas). Y finalmente pensaremos en cuál es la mejor solución y llegaremos a un acuerdo. Y por otro lado, seguir adelante significa decidir no pensar o dar más vueltas a un problema, incluso todavía si no se ha resuelto. Significa pasar a una otra cosa, sin guardar rencor. Seguir adelante no es rendirse ni darse por vencido. En algunas situaciones es lo más inteligente y útil que podemos hacer para no perder nuestro tiempo ni nuestra energía al luchar contra algo que en realidad no es importante. Es agradable aprender a restar importancia a las cosas. Depende de uno/a mismo/a decidir cuándo nos ocupamos del problema o cuando simplemente tenemos que seguir adelante, puesto que ante muchas situaciones las dos opciones son beneficiosas.

En conclusión, es muy importante saber gestionar nuestras propias emociones para enseñar tal habilidad a nuestros hijos siempre desde la paciencia y la compresión de aquello que les sucede validando sus emociones y ayudándoles a gestionarlo desde el respeto y el amor.

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